La educación es, en su esencia, un pacto de confianza mutua.
Sin embargo, hoy asistimos a un fenómeno preocupante en el que este pacto se
resquebraja desde adentro. En el contexto colombiano, existe un mal endémico
que suele disfrazarse de astucia, la mal llamada "viveza".
Esta práctica, lejos de ser una muestra de ingenio, se ha convertido en un
mecanismo de mala fe que carcome los cimientos del aprendizaje, ensañándose de
manera particular con la educación presencial nocturna y dejando desprotegidos
a los docentes que aún intentan sostener la bandera de la exigencia y la ética.
La tecnología se ha convertido en una herramienta al servicio del fraude, inclusive los exámenes
han sido secuestrados
La jornada nocturna alberga, por lo general, a estudiantes
que trabajan y realizan un esfuerzo enorme por superarse. No obstante, en este
escenario también se ha arraigado un modus operandi digital que despoja
a la evaluación de su valor pedagógico.
La dinámica del fraude se ha sistematizado con precisión casi
delincuencial:
- La
avanzadilla:
Uno o dos estudiantes ingresan primero a presentar la prueba física o
digital.
- La
captura: Mediante
una fotografía rápida con el celular, el examen es enviado al exterior en
cuestión de segundos.
- La
maquila externa:
Afuera del aula, un grupo se encarga de resolver los cuestionarios de
manera colaborativa.
- La
distribución masiva: A través de grupos de mensajería instantánea, las respuestas
circulan de vuelta a quienes están rindiendo la prueba dentro del salón.
Este ciclo de engaño anula por completo el propósito del
examen, que no es castigar, sino medir el estado real del conocimiento para
corregir el rumbo. Al final, lo que se obtiene no es un profesional capacitado,
sino un título vacío sostenido por una red de complicidades.
El aspecto más trágico de esta problemática no es solo el
engaño en sí, sino la vulnerabilidad a la que queda expuesto el educador que
decide no ser cómplice. Cuando un docente riguroso detecta estas prácticas e
implementa medidas estrictas para frenarlas —como restringir el uso de
celulares o cambiar las dinámicas de la prueba—, se activa un perverso
mecanismo de represalia.
En lugar de valorarse la rectitud del docente, el sistema de
evaluación institucional suele convertirse en su verdugo.
Los estudiantes, sintiendo amenazada su
"comodidad", proceden a calificar de manera sistemática y negativa al
profesor en las encuestas de desempeño. En un entorno educativo cada vez más
mercantilizado, donde a veces se prioriza la retención del cliente (el
estudiante que paga la matrícula) por encima de la calidad académica, las
instituciones suelen utilizar estas bajas calificaciones para prescindir de los
servicios del docente exigente.
Este fenómeno genera un incentivo perverso, para conservar el
empleo, el docente se ve tentado a bajar la guardia, mirar hacia otro lado y
permitir el fraude, convirtiéndose el aula en un simulacro donde todos hacen
como que enseñan y todos hacen como que aprenden.
Denunciar esta situación es urgente porque las consecuencias
trascienden las paredes del aula de clase. El daño que la "viveza" le
hace a la sociedad es incalculable:
La degradación profesional, un estudiante que se gradúa
copiando es un profesional que el día de mañana improvisará en su campo de
trabajo, poniendo en riesgo proyectos, finanzas o incluso vidas humanas.
Injusticia con el estudiante honesto, se desmotiva
profundamente a aquellos alumnos que sí sacrifican horas de sueño y descanso
para estudiar de manera transparente.
El desmantelamiento de la autoridad docente reduce al
profesor a un simple dispensador de notas, despojándolo de su rol como formador
de ciudadanos éticos.
El desplome de la educación no siempre ocurre por falta de
presupuesto o de infraestructura; muchas veces ocurre por la erosión silenciosa
del carácter de sus integrantes. La "viveza" no es inteligencia; es
la renuncia a la propia capacidad intelectual.
Para salvar la academia, es indispensable que las
instituciones de educación superior respalden de manera real e institucional a
sus docentes rigurosos, blindando las evaluaciones de desempeño contra las
represalias de la mediocridad. Solo cuando el esfuerzo vuelva a ser la única
vía para el éxito, la educación recuperará su poder transformador en la
sociedad.

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