miércoles, 15 de julio de 2026

EL NAUFRAGIO DE LA ÉTICA: LA "VIVEZA" Y EL SABOTAJE DEL AULA EN LA EDUCACIÓN NOCTURNA


 

La educación es, en su esencia, un pacto de confianza mutua. Sin embargo, hoy asistimos a un fenómeno preocupante en el que este pacto se resquebraja desde adentro. En el contexto colombiano, existe un mal endémico que suele disfrazarse de astucia, la mal llamada "viveza". Esta práctica, lejos de ser una muestra de ingenio, se ha convertido en un mecanismo de mala fe que carcome los cimientos del aprendizaje, ensañándose de manera particular con la educación presencial nocturna y dejando desprotegidos a los docentes que aún intentan sostener la bandera de la exigencia y la ética.

La tecnología se ha convertido en una herramienta  al servicio del fraude, inclusive los exámenes han sido secuestrados

La jornada nocturna alberga, por lo general, a estudiantes que trabajan y realizan un esfuerzo enorme por superarse. No obstante, en este escenario también se ha arraigado un modus operandi digital que despoja a la evaluación de su valor pedagógico.

La dinámica del fraude se ha sistematizado con precisión casi delincuencial:

  • La avanzadilla: Uno o dos estudiantes ingresan primero a presentar la prueba física o digital.
  • La captura: Mediante una fotografía rápida con el celular, el examen es enviado al exterior en cuestión de segundos.
  • La maquila externa: Afuera del aula, un grupo se encarga de resolver los cuestionarios de manera colaborativa.
  • La distribución masiva: A través de grupos de mensajería instantánea, las respuestas circulan de vuelta a quienes están rindiendo la prueba dentro del salón.

Este ciclo de engaño anula por completo el propósito del examen, que no es castigar, sino medir el estado real del conocimiento para corregir el rumbo. Al final, lo que se obtiene no es un profesional capacitado, sino un título vacío sostenido por una red de complicidades.

El aspecto más trágico de esta problemática no es solo el engaño en sí, sino la vulnerabilidad a la que queda expuesto el educador que decide no ser cómplice. Cuando un docente riguroso detecta estas prácticas e implementa medidas estrictas para frenarlas —como restringir el uso de celulares o cambiar las dinámicas de la prueba—, se activa un perverso mecanismo de represalia.

En lugar de valorarse la rectitud del docente, el sistema de evaluación institucional suele convertirse en su verdugo.

Los estudiantes, sintiendo amenazada su "comodidad", proceden a calificar de manera sistemática y negativa al profesor en las encuestas de desempeño. En un entorno educativo cada vez más mercantilizado, donde a veces se prioriza la retención del cliente (el estudiante que paga la matrícula) por encima de la calidad académica, las instituciones suelen utilizar estas bajas calificaciones para prescindir de los servicios del docente exigente.

Este fenómeno genera un incentivo perverso, para conservar el empleo, el docente se ve tentado a bajar la guardia, mirar hacia otro lado y permitir el fraude, convirtiéndose el aula en un simulacro donde todos hacen como que enseñan y todos hacen como que aprenden.

Denunciar esta situación es urgente porque las consecuencias trascienden las paredes del aula de clase. El daño que la "viveza" le hace a la sociedad es incalculable:

La degradación profesional, un estudiante que se gradúa copiando es un profesional que el día de mañana improvisará en su campo de trabajo, poniendo en riesgo proyectos, finanzas o incluso vidas humanas.

Injusticia con el estudiante honesto, se desmotiva profundamente a aquellos alumnos que sí sacrifican horas de sueño y descanso para estudiar de manera transparente.

El desmantelamiento de la autoridad docente reduce al profesor a un simple dispensador de notas, despojándolo de su rol como formador de ciudadanos éticos.

El desplome de la educación no siempre ocurre por falta de presupuesto o de infraestructura; muchas veces ocurre por la erosión silenciosa del carácter de sus integrantes. La "viveza" no es inteligencia; es la renuncia a la propia capacidad intelectual.

Para salvar la academia, es indispensable que las instituciones de educación superior respalden de manera real e institucional a sus docentes rigurosos, blindando las evaluaciones de desempeño contra las represalias de la mediocridad. Solo cuando el esfuerzo vuelva a ser la única vía para el éxito, la educación recuperará su poder transformador en la sociedad.

 

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